MI BIBLIOTECA DEL ALMA

A pesar de o por ser del villorrio llamado Tacamocho Bolívar, vivo hace casi 50 años en Bogotá donde vine a hacer estudios universitarios. Por muchas razones, que no es el momento de ahondar, me quedé a vivir en la capital de Colombia. Desde entonces comencé a alimentar mi biblioteca con unos pocos libros imprescindibles, como Cien años de Soledad, que utilicé en mis últimos años del bachillerato en Plato, Magdalena. Hoy tiene casi tres mil ejemplares y su mayoría han sido leído, subrayado y anotado por mí.
Del tiempo vivido en El ombligo del Altiplano cundiboyacense, 35 años viví con mi familia en Villas de Granada en la localidad de Engativá en una casa propia de tres niveles la que se amplió con un cuarto nivel para darle paso exclusivo a la biblioteca. Pero hace casi 15 años compramos otra casa en el barrio Puente Largo de Suba y para mí fue muy tortuoso desarmar y empacar los libros en cajas para después desempacar y armar otra biblioteca en nuestro nuevo hogar.
Como ahora estoy viviendo transitoriamente en Madrid desde finales de abril de este año, la capital española, en busca de su nacionalidad, fui invitado con mi gran Liebre y otros veteranos del distrito de Tetuán a Las Tardes de Telemadrid -un canal de la televisión española-, a través del Centro de Mayores de Pamplona al programa del pasado 7 de mayo. Se abordó, entre otros, el tema de las mudanzas entorno al cual pregunté a la experta Bea: ¿Qué recomendaciones nos da a los que nos mudamos con nuestra biblioteca para que no sea tan traumático?
Ella sugiero empacar los libros imprescindibles en maletas y regalar libros prescindibles a allegados u otras personas tomando registros electrónicos a las anotaciones en ellos.
Posteriormente, esas recomendaciones merecieron mi atención espontánea y la de algunas personas allegadas, también de modo espontáneo:
Mi primera reacción fue de asombro: ¡cómo es posible que una experta en el tema recomiende que regale mis libros, partes de mi esencia! Sin embargo, mi hijo Isaac Camilo recomendó, aunque con humor:
“¡Desapego!, papi, ¡desapego!”.
Claro que otra Bea española, pero gran periodista y apreciada amiga, leyó muy bien mi reacción silenciosa y le dijo a mi hija Pamina: “¡Cómo es posible que esa mujer proponga a tu padre que se desapegue de sus libros! Se nota que no lo conoce.”
“Dairo, eso de volver el papel algo electrónico ya nos es para nosotros, no huele, no se toca, no se abraza”, dijo Juan Velasquez Mogollón, el educador físico y marido caleño de Sharon Niño Romero, nuestra estimada sobrina emprendedora.
“Anda compadre a desapegarse de la biblioteca”, comento mi comadre Gabriela Viloria.
“Esa recomendación no es funcional para usted por toda la cantidad de libros que tiene y, por ende, la cantidad de anotaciones”, sentenció Elizabeth Gutiérrez, abogada amiga y vallenata de pura cepa.
“Hermanito, estamos iguales: mis hijos me dicen que por qué tengo retazos de tela y yo les digo es que los voy a necesitar más adelante”, afirmó Nancy González Quiroz.
“Mi papá lo que más extraña de su estadía en España es no poder empacar toda su biblioteca”, aseveró la gran pequeña Liebre, mi primogénita.
Un gran amigo y excelente abogado colombiano, Edgar Visbal, fue el más analítico del tema. Planteó que es cierto que “para vivir el presente hay que aflojar los apegos y convertirlos en recuerdos. Empero, cuando uno vive su presente con la investigación, la lectura, escribiendo… no puede tener los libros como un apego del pasado, los tiene como herramienta fundamental del presente. Mucho más, en esa etapa de la vida, cuando uno está más liviano y con más tiempo para leer y seguir escribiendo e investigando.”
Finalmente, sólo agregaría que en esos libros subrayados y anotados por mí hay “un universo infinito de posibilidades, laberintos y conocimiento donde la imaginación humana trasciende el tiempo y el encierro.” Además, ellos “como una extensión de la memoria y el pensamiento” tienen perfiles y chismes de personas notables, teorías científicas y cábalas esotéricas muy ligadas a mi vida, a mis cinco libros publicados y a mis cuatro vástagos y gran Liebre; y ellos poseen un calor que sube por la cal de los huesos y se va desperezando por los rincones, todos, del alma: «Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca», dijo el escritor argentino Jorge Luis Borges y aclaró que ella y la lectura representan la forma más pura de la felicidad.
Parafraseando a Julio Cesar Londoño, autor colombiano, diría que amo mis libros con el mismo amor que se amaron Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa porque ellos fueron los primeros que por primera vez pusieron al Boom literario latinoamericano a dar en simultánea notas altísimas, el punto y el contrapunto de unas piezas verbales que cifraban el espíritu de un continente y ponían su literatura en las bocas del mundo. Después pasó lo que pasó y se distanciaron para siempre. Pero no pasó un solo día sin que se extrañaran. En los momentos más felices, de gloria pública o de composición secreta, siempre pensaron: «Solo falta él para que este momento sea perfecto». O: «Si pudiera llamarlo para que me ayude a resolver esta maldita frase». Espero pues nunca distanciarme de mi querida familia y mis amados libros ya que en este país ibérico no pasa un solo día sin que los extrañe, sus autores son las personas con la que más he hablado en mi vida.

Hola Dairo, una abrazo de hermano. Extrañamente, parece que el artículo lo hubiese escrito yo, por el cuarto, por el estante, por la clasificación de los libros en mi biblioteca. Y aún la sigo alimentando. Son mi esperanza de muchos años de vida, les digo a quienes la visitan, un grupo muy reducido de amigos, generalmente exalumnos míos. Un escrito reflexivo de reivindicación al libro físico, a la caricia del tacto a las letras, las palabras, las oraciones y los párrafos, las páginas, donde la posibilidad de vuelo elimina el horizonte. Muchas gracias por compartir ese vuelo.
Mi estimado Manuel, con gusto. Tu visita -ojalá sea más frecuente- honra este blog y muy amable por el sentido mensaje.
Tarde aprendí -a pesar de sus incontables intentos por inculcarnos a mis demás primos, mis hermanos y a mí su amor por la lectura- a reconocer el incalculable valor de los libros para alimentar la mente y, más importante aún, llenar al corazón y sus «razones que la razón no entiende».
Pero al final de cuentas, llegar tarde no es lo mismo que no llegar, pues en mi caso está siendo una nueva oportunidad de descubrir el mundo.
Espero algún día contar también con una biblioteca a la que pueda extrañar si la vida me lleva a otras partes y en la cual encontrar refugio cuando llegue a estar de vuelta.
Mi apreciado sobrino, me alegro que así sea. Muchas gracias por tu lectura y comentario.
Apreciado Dairo!…quédate con tu patrimonio intelectual, materializado en tus libros, que es tangible y real.Sigue fantaseando para revivirlo cada dia y enriquecer tu mente. Cordial y verdadero abrazo de humano hoy.
Mi estimado José, muchas gracias por tu lectura y mensaje.