TRÁNSITO AL ADOLECIMIENTO


Amables lectores multicreyentes y sentipensantes, en medio de una tensa campaña política por la Presidencia de Colombia y en medio de las guerras de Rusia y Ucrania, y la de USA, Israel e Irán, que nos tienen al borde del vértigo y de las bombas nucleares anunciadoras de las peores catástrofes, les tengo la primicia de este apartado del Mundo caribe, primer capítulo de Oscuridades y destellos de la memoria, mi quinto libro publicado por autoreseditores.com, que será lanzado en la Feria Internacional del Libro de Bogotá a realizarse entre abril 21 y mayo 4 de 2026.
Tacamocho Bolívar era un corregimiento que no tenía colegio. Mis viejos le apuestan a un futuro más promisorio para nosotros, sus hijos; querían asegurarnos estudios de nivel secundario que no nos obligasen a alejarnos de la familia y sí del contubernio de papá con Martina, aunque aceptado por mamá no deja de ser mortificador. Por eso, bajamos a Plato, en diciembre de 1973, en La Caracola, lancha que servía para llevar tabacos y traer frutas, al ritmo placentero de la carretera líquida del Magdalena y la guía incomparable de mi papá Lácydes, El Culebro del Río, con la colaboración desinteresada de Julio Antonio Morales Olaciregui de Fals Borda, el trabajador-boga más solidario del Magdalena. “No he conocido nunca –me dijo aquella vez con cierto matiz de asombro y condescendencia– a un hombre de negocios en estado puro como él; tiene un instinto increíble para los negocios”. A pesar de las frecuentes correrías por el bajo y medio Magdalena, a mi papá siempre le ha gustado viajar con un mapa y observar con exquisita sensibilidad el espectáculo de los bellos paisajes que hacen vibrar el alma. Es esta pasión (y no la del negocio) la que ha sido siempre la primera lección de padre.
Mi padre era un hombre que estaba muy satisfecho con su vida de pequeño comerciante, consigo mismo, con su apostura, con su inteligencia y con su suerte y que jamás ocultaba aquellos momentos de alegría gracias a su humor y una simpatía y coquetería que nunca le abandonaban –“¡Aaayyyy, está jarocho”, vivía recriminándolo mamá–. Aparte de que en ocasiones se dejaba llevar por el mal genio, con nosotros no era en absoluto de esos padres que riñen, prohíben y castigan. Mientras mi padre evitaba silenciosamente todo lo que fuera maldad, enemistad o puro y simple aburrimiento, mi madre nos avisaba contra aquellos peligros, imponía prohibiciones y tomaba precauciones contra los aspectos más oscuros de la vida frunciendo el entrecejo. Pero aquello no la hacía menos divertida que mi padre. Por sus oficios domésticos y funciones maternales, mamá me concedía poco tiempo (no olvidemos que papá vivía viajando y cuando estaba en el pueblo a la menor oportunidad se escapa de casa), yo dependía mucho de su amor y de sus muestras de afecto. Verme obligado a competir con mi hermano Oscar por aquel afecto fue la realidad más básica que aprendí desde que tengo memoria.
Como no recordar ahora al gran conjunto vallenato de los hermanos Zuleta –Emilianito y Poncho– interpretando Los tiempos de la cometa del inolvidable Freddy Molina: “Cuánto deseo / porque perdure mi vida, / que se repitan / felices tiempos sentidos: / mi primer trago a escondidas, / la primera novia en olvido; / ya mi juventud declina / al compás de tiempos idos. // Yo le pregunto que me diga / esa Luna patillalera: / ¿por qué el reemplazo de mi vida? / ¿por qué sufrir mi madre buena? / ¿por qué hay sufrimiento lunita? / que no llore un niño siquiera. // No volverán / los tiempos de la cometa, / cuando yo niño, / brisas pedía a San Lorenzo. / Mariposa en la Malena, / sus casimbas son recuerdos, / el profesor que me pega / por llegar tarde al colegio. // Esos momentos los viví, / al fin y al cabo tristes son; / no volverán nunca a existir, / eso me parte el corazón. // Mi alma revive al oír / de Gustavo Gutiérrez un son. // Tal vez dirán / que soy hombre confundido / pensando en cosas / que nunca retornarán; / excusen si necio he sido / con este reflexionar / pero quiero recordar / que «si pienso, luego existo», / dijo Descartes al pensar. // Como hojas secas quedarán / todas mis canciones que quiero: / ya en el mañana se oirán; / la vida cambia con el tiempo. / Lamento los días que se van, / ansioso quiero su regreso.”
En efecto, con la mudanza a Plato termina la etapa de los pantaloncitos cortos y de las primeras novias (Milagros Buelvas y Libia Ortega son amores imperecederos, con ellas tuve mis primeros coqueteos). «Adolescentes sin luz, /tu grave pena lloras, / tus sueños no volverán, /corazón, /tu infancia ya terminó», dice el gran Sábato. Y claro, empieza la etapa de los pantalones largos, que simboliza un acontecimiento en la vida costeña, marcado por el orgullo y por la vergüenza; sí, empieza la adolescencia eterna (¡todavía lo soy, Dios mediante!). Ahora comprendo por qué se dice que esta etapa es la más feliz de la vida, que es puro goce y aventura. Pero lo cierto es que uno adolece de todo, se la pasa peleando con el mundo y consigo mismo. Al revisar esta etapa, pienso en mi país. ¿Será que aún somos una nación adolescente? Tenemos tan sólo 200 años de vida como República y el lío propio de la adolescencia: la identidad refundida y múltiple.
¡Bueno!, pero no nos desviemos tanto, sigamos el hilo conductor del río de nuestras vidas, conducido por papá con la ayuda de don Julio.
Pasa el río, pasa Vijagual, las nubes, los platanales. Cuando uno se adormila en la monotonía de las aguas, río abajo, siempre algo inesperado se atraviesa en los zaguanes del sueño. Allí habitan los trabajadores que comen siete veces al día, para bien nutrirse en medio de su descomunal esfuerzo para ganarse el pan. Allí habitan las ánimas, la vida tranquila. Allí se inventan las historias reales que después nadie creerá. Allí habitan los trechos largos donde por kilómetros no aparece nadie en las orillas que se agarre de los bordes de la tierra, que no sea la iguana nerviosa que otea el cielo buscando las águilas que se la han de tragar. Poco a poco, el camino fluvial conduce hacia el amor mismo que cuelga sobre el río, pasión en los playones, en los pantanos y en los maizales, entre los algarrobos y el matarratón. Se siente la entrada a las grandes sabanas de Bolívar, la vida simple de los atarrayeros, la vida muelle. Sobrevienen las historias de los peces enhuevados a la entrada de la ciénaga de Simití, lugar del universo entornado por los idilios, en una franca evocación del infinito como si la vida durara para siempre en Santa Rosa, epicentro coquero y aurífero de la Serranía de San Lucas que se observa más allá de más allá. Claro que los grandes mafiosos de la diosa blanca viven en los alrededores de Medellín, Cali o Santa Marta. Entre tanto, Morales, Rioviejo y Tamalameque se ubican en la misma orilla del río. Toda esta zona del sur de Bolívar es la que está solicitando hoy el ELN que se despeje para viabilizar la convención e iniciar enseguida el diálogo con el Gobierno; lógicamente, los paramilitares se oponen, también los mandatarios municipales y aun el gobernador del departamento, presionado por aquéllos.
Llega El Banco Magdalena, donde se abre el río en sus dos brazos, el de Loba y el de Mompox, y allí se acentúa la navegación. El Banco deja que el Magdalena se bifurque y que la vida se parta en dos al son de la cumbia de las chalupas, taxis del agua, y de los movimientos sincopados de La piragua de José Barros que arrollan de tarde y de mañana la quietud del agua. Aquí, la cumbia del gran compositor banqueño se baila con cuatro paquetes de velas, a orillas del río. El hombre ofrece espermas a la mujer, que las enciende y abre, menea su ancha pollera de vuelo andaluz. Toda la noche se la pasan bajo brisas luceros, buscándose y girando en una rueda, al ritmo de tambora. Todo se mueve, toda la energía de las aguas trasciende las riberas y se incrusta en las acciones de los hombres, en las quemas, en los remansos donde los pescadores se encierran a la vista de los bosques que se volvieron apenas arbolados.
Por el Brazo de Mompox, la vida se revuelca con la tierra. Surge entonces un Magdalena de agricultores y los movimientos de los campesinos se agregan al trasunto del río. Pasa Guamal, pasan los platanales como una cinta verde y despelucada. Pasan los pueblos siempre escondidos, encaletados a espaldas del río, pueblos sin puertos colgados del asombro. Aparece Santa Cruz de Mompox –una villa fundada en 1540 por Juan de Santa Cruz, gobernador de Cartagena de Indias– con su vida intimista, con sus sequías, con el temor manifiesto del brazo del río por esa ciudad a orillas del Magdalena, pero en el centro de la católica fe costeña. Mompox y boga, carnes de fuego, seres fundidos en los crisoles de la religión, en las iglesias; aún hoy se boga en el marasmo de los recuerdos que pretenden de nuevo hacerse sustancia. Ahora me doy cuenta de que más de cuatro siglos y medio después, la arquitectura colonial española de sus residencias y templos religiosos permanece incólume; esa es la razón para que en 1959 este municipio fuera declarado Monumento Nacional y, en 1995, entrara a ser parte del patrimonio Mundial de la UNESCO.
Mompox, lugar del mundo donde aún se azota a los árboles que no dan frutos, donde alguna vez los mosquitos le arrancaban a picotazos las plumas a las gallinas. En medio de mosquitos, surge como un danzante trillizo católico Santa Fernanda de Talaigua, provincia donde nació las danzas de farotas (hombres disfrazados de mujeres descaradas) y la cantautora Sonia Bazanta, Totó La Momposina, conocida ahora en Europa gracias a Hélène Poulequin y a su casa de producción Womad.
Río de lavanderas por el sitio de Barro Blanco, gitanas del agua, golpeando las viejas ropas. La blanca y andaluza iglesia de Pinto nos indica la terminación de los Brazos de Mompox y el de Loba. Indica, además, que atrás, por el Brazo de Loba, queda Magangué. Ciudad activa, sucia, metida en la depresión, puerto vivo, con sus iglesias r-osadas como pasteles de boda; tierra de Enilce López, la gata-reina del paramilitarismo y chance costeños, y madre del Gato con Votos, príncipe de los paracos ribereños. Ciudad que a todas luces señala que allí el Magdalena, como feria, está bien vivo con La candela viva, que es la teatralización de nuestra danza con el tiempo que nos mata imaginaria y realmente.
Siguiendo agua abajo, después de Pinto y de Las brisas de Tacaloa, el río se ensancha, toma la dimensión de sí mismo. Pasan las haciendas flotantes de ganado, el capital y el trabajo. Pasa Pajará, la ciénaga donde el bocachico se cogía con la mano. Pasa el aliento musical del río, su bamboleo, su latido de templada membrana de tambor, la alegría de las maracas y de la gaita. Pasa la entrada a Córdoba, la ciénaga Malibú y San Antonio del Río, sitios hermosos pero olvidados por todos los poderes. Atravesando las sabanas de la región Caribe, por esa gigantesca masa de agua, llega uno a saber que la naturaleza es la madre, sí, pero de los hombres humildes… Ya huele a Zambrano, falda olvidada de los Montes de María y la tierra del pato yuyo; ya huele, por supuesto, a Plato Magdalena, tierra donde se radicaría mi familia, ¡la González de Queiroz!
Plato es la tierra de El Hombre-Caimán y Francisco el Hombre, dos grandes amigos de mi papá. De los retos del agua, de la oralitura ligada al gran río, con esa larga estela de agua que, erótica como el gran saurio, se extiende entre las pasiones humanas, los vados, los cantos y los mansos, los canales que conducen a los amores tropicales de la ciénaga de Zarate, al olor de mango, al besuqueo y al ron. Plato es también un centro de recolección y mercadeo, de productos agropecuarios y suministro de insumos y herramientas, de créditos, de bienes de consumo duraderos, de servicios educativos, de juzgados y bienes al por mayor, de multinacionales petroleras como Shell y Tropical Oil Company. La oralitura ligada al gran río y a la tierra firme, la presencia del progreso a través del Depósito Marchena (local comercial recomendado a papá por sus dos amigos), la existencia de un colegio nacional y el alejarnos de Martina “la bandida” según mamá, son algunas de las razones para que hayamos escogido a Plato como sitio de nuestra nueva residencia. ¿O será que Plato nos escogió a nosotros? A mí me daba la impresión de que lo que había detrás de aquello era el propio estancamiento de Tacamocho, pero ni yo ni ningún otro miembro de la familia podía decir exactamente por qué. Como sea, en aquel momento no acabé de comprender el paso extraordinario que habíamos dado.
